Instagram se ha convertido en una de las herramientas más interesantes en el mundo del marketing digital. Chicos y chicas se exhiben a través de fotografías enseñando diversos productos, pero todo se hace con un precio fijado previamente. Algunos de estos influencers pueden llegar a cobrar hasta 500 euros por subir una fotografía, además de regalarles aquellos que estén promocionando. Por otro lado, también perciben una jugosa cifra cuando acuden a algún evento al que son invitados, por lo que al mes podrían percibir miles de euros en algunos casos.
Una cuantía cuanto menos elevada teniendo en cuenta nivel de esfuerzo que requieren estas publicaciones. Toda esta moda no ha pasado desapercibido para la Agencia Tributaria. A mediados de febrero de 2015, la Agencia Tributaria anunciaba una nueva línea de investigación para encontrar defraudadores entre las nuevas estrellas nacidas en esta red social. Parece ser que se ha terminado el chollo para todas las Instagramers sobre las que las autoridades han tomado medidas. Ahora el Estado podría ser quien ha dado un valioso like mientras se frota las manos. Al parecer, toda esa ropa que vemos agradecer a diario en Instagram, debería estar controlada por el fisco. Según diversos asesores fiscales, en el momento en que ambas partes saben qué se va a regalar y la promoción que se va a recibir a cambio, se debe entender el encargo como algo profesional. Para este entendimiento no es necesario un contrato de 200 páginas como esos que nunca te lees en iTunes, con un email en el que se pongan de acuerdo ambas partes sería suficiente.
Por ello, si los ingresos de estas chicas como influencias digitales sobrepasan los 9080,40€ al año, deberán darse de alta tanto en la Agencia Tributaria como en el régimen de autónomos de la Seguridad Social y tributar todos los regalos desde el primer céntimo.
Muchas de estas jóvenes promesas llegan a ingresar, tras subir una foto en su perfil de Instagram, la mitad del salario mínimo interprofesional en España. Ante esta situación, no se ha hecho la vista gorda por parte de la Agencia Tributaria, a la que no le gusta perderse ni una. Y es que ya se sabe, Hacienda somos todos.